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FOTOS DE BRASIL
Como Itacaré es famosa por el surf, decidí que ya era el momento de iniciarse en tal grave disciplina –estuve a punto de hacerlo en Montañita, Ecuador, pero el mal tiempo me lo impidió- y contraté los servicios del afamado profesor Felipe, surfista bahiano. Su primera lección fue la siguiente: cuando camines con la tabla hacia la orilla no mires a nadie, lleva el pecho erguido y mira hacia el frente; debes entrar al agua con decisión y lanzar la tabla, que no se note que estás empezando.
A pesar de que luego las lecciones se hicieron más prácticas y hasta conseguí aprender a levantarme sobre la tabla de surf y aguantar unos segundos sobre las olas, esta anécdota refleja a la perfección una faceta del mundo del surf: su impostura y la importancia de la imagen, lo
cool de los surferos, el rollo gringo del soy demasiado cool para hablar con frases largas y sólo uso monosílabos. De hecho, para mí, el espíritu surfero es el del anti-viajero, puesto que cualquier surfista se encuentra encerrado en si mismo y en su pequeño mundo de olas; su lenguaje e intereses se limitan a la búsqueda de esas ondas, de la adrenalina de la oportunidad; y también del riesgo, puesto que un golpe de la tabla por el efecto de una ola, puede dejarte inconsciente. De hecho cualquier surfero que se precie, tiene una buena ración de cicatrices por su cuerpo. Yo, humildemente, me hice una quemadora en la tripa y me machuqué un tobillo.
Pero al practicarlo también llegué a comprenderlos un poco. Ir a buscar las olas, esperarlas, otear el horizonte en su busca, es como una droga, que hace su efecto en cuanto cabalgas sobre una de ellas; y al momento te provoca un síndrome de abstinencia tal que necesitas volver a hacerlo, minuto tras minuto, hora tras hora. Y es duro, es un deporte muy cansado. Pero a las chicas les encantan los surferos.
Drogadictos de las olas (Itacaré, enero 2002)