En la isla de Marajó, que bloquea la desembocadura del gran río brasileño, conocí a dos uruguayas, Margarita y Silvia, con las que compartí una pequeña expedición en canoa por uno de los pequeños igarapés o afluentes del Amazonas. Coger un coco de un árbol -en realidad lo hacía nuestro guía- y beber y comer de él en medio del Amazonas, es una experiencia religiosa, con perdón. Los zumos de Brasil son algo que todavía echo de menos: suco de banana com aveia, açai (fruta amazónica que da una bebida energética natural de color morado), umbú, cajá, tamarindo, mamão, cajú; todas estas frutas exóticas estaban disponibles al momento en cualquier lugar para saciar la sed en zumo o en batido, a precios de risa. Las aventureras chicas del sur se fueron al día siguiente pero acabaría encontrándome con ellas en la civilización de Montevideo unos meses más tarde. Yo me quedé en el poblado de Joanes, en la isla de Marajó, unos días más, haciendo algunas excursiones al mato con mi guía el muy religioso -rozando el fanatismo- Lauro, que decía haber recibido una llamada de Dios para trabajar esas tierras, y saliendo por las noches al bar del pueblo y a un par de improvisadas fiestas nocturnas playeras -las playas fluviales amazónicas tienen con aguas oscuras, casi opacas, por los sedimentos del suelo-, que me provocarían un brazo roto y una salida apresurada de la isla en el primer barco de la mañana. Mea culpa! Tras Marajó, visité otros pueblos amazónicos, como Santarém, con un divertido paseo nocturno para paquerar por el malecón del río, y Alter do Chao, donde conocí a Marcelo, un joven abogado paulista que había abandonado su despacho en la capital financiera del país y se había montado una tienda en la playa amazónica donde vendía enseres y pequeños souvenirs fabricados por los indios de los poblados cercanos con los que comerciaba: toda una forma de vida. |