El mar entre Salvador y la isla de Morro suele estar más o menos calmo, pero en ocasiones, al ser considerado mar abierto, las olas pueden hacer bambolearse al barco o al catamarán y provocar vómitos y mareos a sus pasajeros. Yo había pasado unos días en Morro y me disponía a volver a la capital bahiana. Como ya había hecho el trayecto varias veces no me preocupaba. Pero había muchas nubes aquella mañana y de un tono grisáceo oscuro. Aún así, salimos del puerto. La primera media hora pasó sin sobresaltos. Todos los viajeros de la pequeña embarcación, unos diez, comenzamos a charlar y a conocernos. De pronto notamos que las olas aumentaban de tamaño, y comenzaban a provocar que el barco se moviera excesivamente a un lado y a otro. El piloto redujo la velocidad de los motores y uno de ellos, el principal, dejó de sonar. El marinero que se enontraba en cubierta con los pasajeros fue corriendo hacia la cabina, y el capitán-piloto del barco bajó a toda velocidad y comenzó a enredar en el enorme y grasiento motor, mientras la embarcación se encontraba a merced de la olas. A todo esto, había comenzado a llover muy fuerte y comenzaba a hacer frío por el viento. Las olas ya subían varios metros hasta la cubierta y el capitán desistió del motor principal y volvió a los mandos. Durante dos horas más, estuvimos moviéndonos a paso lento con el motor auxiliar, enfilando las olas de medio lado para no volcar pero también para no perder de vista la línea de la costa, que ya veíamos, difuminada, a varios kilómetros. La gente comenzó a vomitar y, entre el miedo, hubo hasta un desmayo, aunque ningún ataque de nervios: estábamos demasiado asustados, sobre todo, cuando vimos al piloto y al marinero realmente nerviosos. Creo que no hubo ni un sólo pasajero que no vomitase. Una hora más tarde avistamos el puerto de Salvador y nos fuimos acercando a nuestra salvación. Cuando toqué tierra yo no me lo creía. Pensé que no lo contaba, de verdad. Al desembarcar, escuché a mis espaldas: -Deus é grande.
Bueno, no sé si lo será pero ese día nos libramos de una buena. Luego recordé la historia de un marino portugués que en el siglo XVIII se salvó de un naufragio justo en las costas de Salvador, y como agradecimiento construyó una iglesia en la ciudad. Bien podíamos nosotros haber construido diez. |