Abel era un tipo genial: aparte de capoeirista y guía de la isla, daba ocasionales masajes a las turistas que se ofrecían para ello. Cuando lo conocí por primera vez en el 2002, le enseñaba capoeira a una americana pelirroja ya madurita pero de muy buen ver, y andaba liado con ella. Luego yo me encontraría por casualidad con ella en Salvador en el ya clásico Hotel Solara y le pasaría algunas fotos que les había hecho en la playa. Lo de los masajes no sé si el tío se lo había inventado para conocer chicas o qué, pero el caso es que él y su labia se lo montaban muy bien. Ahí andábamos con un grupo de brasileiras y francesas en la segunda playa. Esa noche nos encontraríamos en la Toca do Morcego para bailar pagode, y Abel me mostraría muy orgulloso un condón con sabor a chocolate.
Abel también me habló de las pequeñas desavenencias entre argentinos dueños de pousadas y los moradores como él. Se quejaba de que casi no daban oportunidades a los nativos, que no les permitían hacer negocios por su cuenta, y que sólo les daban los trabajos más pesados. |