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FOTOS DE BRASIL
En Copacabana es facilísimo distinguir a los turistas de los residentes: el nivel del tostado de la piel es la primera pista; la siguiente es observar lo que están haciendo. Los locales juegan al frisbie, a las palas, al futeboley, hacen musculación en los aparatos al efecto en la arena junto al paseo marítimo, surfean, bodysurfean, leen un libro en solitario al atardecer, patinan o montan en bici, hacen capoeira...
Los turistas, como mis amigos de la foto, simplemente toman el sol o se resguardan bajo una sombrilla, muchos de ellos sorprendidos por la violencia de las olas en la orilla y las bajas temperaturas del agua.
Cada viajero tiene una vida y como tal, voy a resumir las de cada uno de mis compañeros de
albergue de juventude -los precios del alojamiento en Río son escandalosamente más caros que en el resto de Brasil y no pude alojarme en hotel o pousada-:
las dos chicas blanquitas son Lene y Cristina, brasileñas paulistas, hermanas en uno de sus primeros viajes por el país; la negrita, una bahiana que había vivido media vida en Portugal y tenía ganas de conocer su país de origen. El de las gafas era un portugués joven muy buscavidas que hablaba varios idiomas y quería hacerse guía turístico. Frente a él hay un mejicano muy mejicano: poco hablador pero noble y buena persona. El guaperillas rubito de primera línea era suizo-brasileiro y yo me lo volvería a encontrar cuatro meses más tarde en las Fiestas del Mar en Santa Marta, Colombia, acompañado por algunos mafiosillos del lugar. Pero la persona más curiosa de la foto era Hernán, el argentino de la barba: desde Buenos Aires había contactado vía Internet con un total de siete brasileñas maduritas de Río y aprovechaba el viaje para quedar con todas y cada de ellas, conocerlas, y así poder elegir mejor. Todo un personaje, sí.
¡Sorpresa! (Rio de Janeiro, marzo 2001)