Para un madrileño que visita São Paulo, la similitud con Madrid es inevitable: la avenida Paulista, que es una especie de Castellana, el metro eficiente, las riadas de personas anónimas, Ibirapuera, que es como el Retiro, gente moderna de capital, cines de todo tipo, museos. Pero al mismo tiempo es diferente: el centro, la Praça da Sé, como buena ciudad brasileña, es bastante desaconsejable de noche y por el día la pobreza que se puede ver allí es incluso dramática, especialmente por los meninos da rúa. La mezcla racial es impresionante: por algo decían hace algunos años eso de "São Paulo, capital do Nordeste", porque hace algunas décadas hubo tremendas migraciones hacia la ciudad desde Bahía, Pernambuco y otros estados nordestinos pobres que sufren las secas. También hay un barrio japonés y se ven zonas en las que predominan los nikei brasileiros, descendientes de los japos que llegaron a principios del siglo XX y después de la Segunda Guerra Mundial huyendo del hambre; ahora el sentido de esa inmigración se está volviendo. Ya desde finales del siglo XIX, los negocios y cultivos paulistas del café comenzaron a superar en influencia económica y política al azúcar, y las oligarquías de esta zona se hicieron con el poder político. A principios del siglo XX llegó mucha inmigración de italianos y alemanes para trabajar en la ciudad. Toda esa mezcla de sangres ha terminado por configurar al brasileño, considerado el tipo humano más mezclado por razas más distantes entre sí, que además tiene su metrópoli en São Paulo. Cristina y Melange, mis amigas patinadoras, me trajeron al parque de Ibirapuera, aparte de enseñarme la noche discotequera de Itaím Bibí.
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