En los tres días con sus tres noches, que pasamos en aquel barco por los canales patagónicos, disfruté de mi primer crucero para mochileros. Y digo para mochileros porque no había cabinas privadas sino una gran sala con minicompartimentos con literas estilo militar. A lo lejos la visión de las montañas nevadas de los Andes, a apenas cien kilómetros del oceáno. El barco, rodeado por agua casi helada, multitud de pájaros -para orgasmos múltiples de Mick "bird-watcher"- que nos seguían, ocasionales delfines y canales de tierra verde. Dentro del barco,viajeros europeos, norteamericanos, australianos, algún español despistado -como el camionero y fotógrafo vasco Jon, o la simpática pareja madrileña que me regaló periódicos de la madre patria-, muchos de ellos con los que entablé buena amistad e intercambié experiencias de viajes: aquello hizo mella en mi habitual anglofobia viajera.
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