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| Bogotá era una ciudad inmensa, con mucho tráfico, combis locas y carriles de metrobús (el famoso Milenium) que la atraviesan de norte a sur.
Al estar situada en el altiplano ecuatorial, por el día hace sol y calor; por la noche, frío, un frío inesperado. Me alojé en La Candelaria, el barrio bohemio, una especie de Malasaña a la colombiana y la gente que conocí en los bares de "El cuervo de cartón" y "la Mandrágora" calentaron aquellas noches frías con juergas y cervezas a puerta cerrada por la hora zanahoria (a la 1 de la mañana se cerraban los bares en la capital, a las 2 en Cali y a las 3 en Quibdó). En la foto, desde la Iglesia de Montserrat se divisaba toda la ciudad, rodeada por cerros y orientada por calles y carreras de tablero de damas, con nombres de números, muy a lo norteamericano. Bogotá es el centro cultural de Colombia. Durante el día yo frecuentaba bibliotecas, centros culturales, cines y teatros. Recuerdo una memorable obra de teatro que a la que asistí allí: "Crónica de una muerte anunciada", de Gabriel García Márquez. Un día fui a visitar el mercado de las pulgas. Caminando por la calle llena de puestos y de gente me paró un venezolano alegando estar perdido y preguntándome el camino para encontrar una calle. Mi primera impresión fue de escepticismo: de entre todas las personas iba a preguntar precisamente a un turista, ¿no?. Pero lo hizo muy bien porque al cabo de un minuto yo ya le estaba ayudando con el mapa. En eso, se acercó un segundo tipo acompañado de un tercero y se presentó como agente de policía. Nos mostró una placa y nos dijo que tuviéramos cuidado allí, que era un barrio muy peligroso y que como turistas estábamos en peligro. Nos pidió el pasaporte; el venezolano lo sacó enseguida y se lo mostró; yo hice lo propio. Pidió que le acompañáramos a comisaría con un agente uniformado que señaló a lo lejos y comenzó a hacerme preguntas personales sobre mi vida y mi trabajo en España. Aquello hizo encenderse la luz de alarma en mi cabeza. De manera un poco agresiva le dije que la situación era muy extraña y que me volviera a enseñar la placa. –Sí, y si quieres también te enseño las esposas y la pistola….-me respondió. Pero rápidamente se escabulló entre la gente haciendo que otro me bloqueara el paso en caso de que intentara seguirle. Cuando me recuperé del susto, fui a un puesto de policía y les conté lo ocurrido. Me dijeron que era una cosa bastante común y que lo único que querían era llevarme a un callejón oscuro y robarme. Cuando les hablé de un posible intento de secuestro me respondió: “No, nunca lo hacen así. Si secuestran a alguien en la ciudad, se caen” (la expresión quería decir que los habrían cogido; los secuestros se hacían en las carreteras o en lugares apartados de las ciudades). Aún así, desde aquel momento anduve con mucho ojo por si acaso. ¡Y me vacuné contra el truco del policía falso! Todavía me quedé una semana más en Bogotá, donde pude olvidar mi pequeña aventura. |
| La ciudad a vista de pájaro (Bogotá, julio 2001) |