Ciénaga es un pueblo costero entre Santa Marta y Cartagena, sin nada especial, aparte de sus típicos habitantes costeños. El caribeño colombiano es por lo general de apariencia mulata o trigueña, bastante religioso (por lo menos a su manera), muy hablador con ese acento tan parecido al cubano y al venezolano, y le encanta la música para bailar –allí tienen tradicionales cumbias, muy distintas a las mejicanas, amén de las pecaminosas champetas-; en Cartagena, aunque también en Quibdó –zona negra del departamento del Chocó- pude aprender a bailar esta sensual danza de raíces africanas, que con el tiempo ha dado lugar al reguetón y al perreo, la modalidad más descarada de aquél. La canción del momento era “el gato volador” y los cuerpos de cada pareja se enroscaban y movían rítmicamente al calor de cada bar o chiringuito. Durante siglos Cartagena fue el puerto de entrada de los esclavos negros con destino a Hispanoamérica, además de mercancías; de ahí el carácter mulao de la población. Tenía además mucho contacto con el Caribe hispano. Colombia es un país profundamente machista en el que la mujer muchas veces adquiere poder sólo a través de su relación con el hombre; la desigualdad de oportunidades tiene su contrapartida en que la mujer por término general no paga nunca nada -véase bebida, comida, pero también ropa y caprichitos- si hay algún varón en las proximidades. Los europeos o gringos que visitan Colombia no entienden esta diferencia cultural y hacen juicios de valor morales de estas costumbres o se lo toman como algo personal, cuando no es más que algo completamente aceptado y una especie de compensación por la discrimnación laboral sexual existente. La estabilidad económica de un hombre, por tanto, es un rasgo importantísimo a tener en cuenta aquí, y debido a ello, no es infrecuente ver parejas, al igual que en Brasil, con una diferencia de edad entre ellos de más de veinte años, mientras el hombre cumpla con esa misión financiera para la familia. |