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Como dos gotas de agua (Medellín, julio 2001)
  Si tuviera que elegir una ciudad de Colombia, ésta sería Medellín. Tras Cartagena, allí fui a parar para encontrarme con mi amigo alemán de padres sevillanos Francisco en el contexto de la Feria de las Flores y de un sinfín de conciertos callejeros y salsa y vallenato, la música romántica de acordeón para bailar que caracteriza a Colombia; muchos de las bandas más famosas (Los Gigantes, Los Inquietos, Binomio de Oro) tocaron durante esas dos semanas-. Además, aunque Cali es reconocida como la ciudad de mujeres más bellas de Colombia, mi opinión es que están en Medellín, con la mezcla perfecta de las tres razas de Latinoamérica, como las dos hermanas de la foto, maestras de colegio en Medellín.
Los antioqueños, históricos descendientes de vascos y algunos gallegos que al emigrar a Colombia buscaron en los montes antioqueños un recuerdo de su patria, guardan semejanza con aquellos en su nacionalismo regional a ultranza: -¡Eh! Que yo soy
paisa- dicen los de Medellín.  –¡Eh! Que yo soy vasco- dicen los de Bilbao.
Con Francisco, a pesar de su neurótica desconfianza hacia los colombianos, pateé la noche de Medellín en multitud de fiestas y conciertos multitudinarios, y conocí algunos lugares un tanto sórdidos de la ciudad -en eso mi amigo era especialista-, donde chicas semiprofesionales bailaban con los clientes por un aguardiente de a dólar.
Medellín y Cali son ciudades famosas por los cárteles de la droga de su mismo nombre. Aún así, el consumo de cocaína en esas ciudades, aunque era accesible en precio y disponibilidad para el que quisiera –el que busca, encuentra-, no me pareció algo tan generalizado como en muchos ambientes de diversas ciudades españolas o norteamericanas. La imagen que de las ciudades colombianas dan interesantes películas como
La vendedora de rosas, La virgen de los sicarios o María llena eres de gracia como infestadas de asesinos sicarios y traficantes de droga, tienden a generalizar fenómenos que son marginales como algo inherente al ser colombiano; al menos esa es la idea que se le queda al espectador de las mismas que no haya tenido más contacto con este país.