Con Stefan, mi hermano –de calva y viajes brasileños-, me encontré en la plaza de Bolívar de Bogotá. A Stephan lo conocí en Belo Horizonte, en Minas Gerais, Brasil, donde él llevaba un tiempo estudiando portugués por su cuenta. Luego me fui encontrando con él en algunas playas de Bahía, en Salvador, en Belém, y finalmente, en esta ciudad. Cuando se hace un viaje largo, aunque viajes solo, como es mi caso, siempre tienes la oportunidad de conocer otros viajeros interesantes, reencontrarte con ellos por casualidad o de forma planificada en ciertos puntos del país o de un país contiguo, para poneros al día. Con Stefan sucedió algo así. Además, cuando en Salvador de Bahía caí realmente enfermo por culpa de alguna bacteria criolla, cuidó de mí y me llevó casi moribundo al hospital. Después de aquello, nuestra amistad se afianzó y planeamos volver a vernos en Colombia, junto con otro conflictivo pero divertido personaje, el hispano-alemán Francisco. Por cierto, Stefan acabó casado con Rilvana, una psicóloga brasileña de Macapá que conocimos en Bahía. Ahora viven en Suiza, aunque no descartan trasladarse a Brasil.
El centro de Bogotá se puede dividir en dos partes, norte y sur: al norte, de más dinero, está la zona rosa, lugar de bares y restaurantes para los más pudientes. La Candelaria está más al sur, y a apenas unos cientos de metros, las ollas, peligrosos barrios de callejuelas con casuchas, delincuencia y mucha prostitución. El fenómeno de la guerrilla y los paramilitares ha provocado el éxodo de masas de personas del campo a la ciudad –sobre todo a Bogotá y a Medellín- sin apenas apoyo económico o laboral. Ello ha generado muchos indigentes por las calles, inseguridad ciudadana y una gran cantidad de nuevas prostitutas por necesidad, de todas las edades. Es el lado oscuro de la ciudad que muchas veces se ignora o no se quiere ver, pero que existe. |