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| El Hostal Macondo, a pesar de la referencia literaria al mundo de García Márquez, está en Cuenca, Ecuador. Es el lugar más parecido a un convento en el que he estado: las sobrias pero amplias habitaciones, los escasos muebles de madera antigua y limpia, el silencio sepulcral de las noches en que me dedicaba a escribir, la silenciosa recepcionista india, que se encontraba allí sin estar siquiera, todo. En el interior había un gran patio con un bonito jardín donde te servían un riquísimo desayuno de yogurt con muesli incluido en los 9 dólares -desde el año 2000 el dólar es la moneda oficial- de la habitación. Puedo imaginar por qué los primeros conquistadores de entre los Pizarros y los Almagros le dieron a esta ciudad el nombre de Cuenca: la disposición espacial del terreno es exactamente igual que su homónima en España,con una gran diferencia de altura entre los dos niveles de sendas ciudades, y en la parte inferior, un río. Pero aquí hace muchísimo más frío por la noche, y más calor durante el día: es el ecuador. A Ana la conocí en El Cafecito, un bar en la parte histórica de la ciudad frecuentado por viajeros y locales, donde era fácil entablar conversación con cualquiera. Ella se sentaba sola en una mesa y al poco ya me encontraba yo charlando con ella y con tres chicas locales estudiantes de turismo que se nos unieron. Era suíza y se encontraba viajando por la parte más indígena de Sudamérica. Puede que sea una coincidencia pero la cantidad de suízos viajeros que he conocido en esta parte del mundo ha sido altísima, teniendo en cuenta lo pequeño de su país. Al cabo de unos días nos separamos: ella fue hacia Vilcabamba, pueblo famoso porque sus moradores viven más de 100 años; yo me dirigí hacia Tumbes, para pasar a Perú. |