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Margarita Huamán, ,a sus 80 años, ha encontrado su vocación. Ella quiere ser actriz. Hablamos con ella después de visitar una iglesia en Baños, Cuenca, y se estremece al observar nuestra cámara de fotos. La coloco frente al muro con su colorida y habitual vestimenta y le pido que pose con naturalidad. Me muestra la mejor de sus sonrisas y... ¡Chapeau! ¡Ha nacido una estrella!

  Las dos principales ciudades de Ecuador son Quito y Guayaquil: altiplano y costa, conservadores y liberales, indígenas y mestizos. La ciudad de
Quito se encuentra a 2.800 metros de altura y cuando me levanto por las mañanas, cansado por la falta de oxígeno, me sangra un poco la nariz. Me alojo en la parte moderna de la ciudad, junto a la avenida Amazonas, también conocida como Gringolandia -porque todo parece americano- o tontódromo -porque sus transeúntes miran de un lado a otro con cara de tontos-. En inglés me ofrecen coca y marihuana por las calles y pienso que me gustaría estar en Ecuador, así que me voy a un barrio contiguo, a un Café & Libros, donde hay una charla sobre los afroecuatorianos de Esmeraldas; decido que ese será mi próximo destino. La parte antigua de Quito -muy poco recomendable de noche, con delincuentes y prostitutas viejas, pintarrajeadas, por sus callejuelas estrechas- contiene muchos edificios coloniales, y grandes plazas abiertas, como la de San Francisco, con la iglesia del mismo nombre. Allí le compro unas pegatinas de Piolín por 50 centavos a Rosa, una indiecita de 8 años. Muchos niños trabajan durante el día en la zona turística del centro vendiendo cosas a los turistas. Sus sueldos ayudan de forma considerable y necesaria a sus familias. Teniendo en cuenta que un elevado porcentaje de ecuatorianos vive por debajo del nivel de la pobreza, los occidentales no debemos asombrarnos -ni persignarnos- cuando vemos trabajar a un crío. Es así y ya está. Se trata de comer. Rosa me dice que con lo que gane ese día podrá comprarse un cuaderno para escribir en la escuela.
Guayaquil es una ciudad más moderna que Quito, abierta al mar, con un puerto idéntico al de Barcelona -contrataron a los mismos ingenieros-. Tengo la suerte de que en esos días está en fiestas; no es Colombia ni Brasil, pero hay desfiles y mucha gente por la calles. El carácter del ecuatoriano es tranquilo, callado, tímido, aunque también es sociable y le gustan las celebraciones. Los de la costa son más vivos, tienen rasgos más mezclados que los del altiplano, incluso con negro, y parece haber en el ambiente un estilo de vida más hedonista y festivo. Pero, como una gran ciudad, también tiene sus zonas peligrosas, y un día, de vuelta al hotel por unas callejuelas desiertas, me llevé un buen susto, aunque se quedó en eso.
Madera de actriz (Cuenca,octubre de 2001)