Volver a ECUADOR
Junto a la ciudad de Cuenca, se encuentra la aldea de Baños, llamada así por sus aguas termales que proceden del interior de la tierra. Allí pasé el día con Ana, relajándonos en las piscinas de agua caliente y haciendo amistad con turistas ecuatorianos -los jóvenes estaban obnubilados por la blanca piel de mi amiga, los padres de familia querían charlar con cualquier extranjero, y los críos querían aprender a nadar-.

Antes de dirigirme a Cuenca desde Guayaquil, visité Montañita, templo de surferos, gringos o ecuatorianos. Mi primera impresión fue la de un sitio tranquilo pero amigable, donde hice una primera incursión teórica en el mundo del surf en mis charlas de bar con los nativos. Pero hacía muy mal tiempo, frío, lluvia, y yo no estaba por la labor de perder mi virginidad surfista -lo haría en Itacaré, Brasil, cinco meses después-. Además, el alojamiento que me había buscado por 4 dólares, una cabaña de madera de buen aspecto, resultó ser un nido de enormes cucarachas que se dedicaron a esconderse dentro de mi bolsa abierta, entre mi ropa y mis enseres. Moraleja: nunca dejar la maleta o bolsa abierta en la habitación. No sabes qué se puede colar dentro. Así que tras ese incidente y harto de las limitadas conversaciones de los
cool gringosurferos -"marea full", "olas", "tubos" y patéticas películas como "La playa" - decidí continuar mi camino por el país en busca de la esencia del mismo.