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JORGE ICAZA (Ecuador, 1906 – 1978)




Vida y obra

Pertenece a la Generación del 30, interés por el teatro. Director de la Biblioteca Nacional y diplomático.

Huasipungo, (1934)

- De “huasi” = casa ; y “pungo” = puerta; parcela de tierra que entrega el dueño de la hacienda a la familia india por su trabajo.

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Argumento: Alfonso Pereira (terrateniente racista) en la hacienda de Cuchitambo arrebata las tierras a los “huasipungos” por un negocio de petróleo que va a montar con un gringo. Su hija con un cholo. Los indios se rebelan frente a las máquinas pero Pereira y Mr. Chapy van a la capital y mandan al ejército, que los extermina.

- Indígenas mostrados como hombres-masa, deshumanizados, que hablan y gruñen con monosílabos: “¡Ñucanchic Huasipungo!” provocando asco en el lector.
- Presentación
maniquea y dualista de la violencia y degradación a la que es sometido el indio por los hacendados en connivencia con la Iglesia, la policía y los cholos (mestizos).
- Según Oviedo, exagera y simplifica los matices, al igual que hiciera Vallejo en El Tungsteno. Tono panfletario y tendencioso que manipula al lector. Literatura realista y social, denuncia anti-oligárquica y propaganda revolucionaria

- Escenas muy crudas: Después de violar a Cunshi, “Son unas bestias. No le hacen gozar a uno como es debido. Se quedan como vacas. Está visto…Es una raza inferior”.
- Habla indígena (“Pes”, “patroncitu”)con matices vanguardistas: cambio en la misma frase de narrador omnisciente a 1ª persona:

" -Nu han de robar así nu más a taita Andrés Chiliquinga- concluyó el indio, rascándose la cabeza, lleno de un despertar de oscuras e indefinidas venganzas. Ya le era imposible dudar de la verdad del atropello que invadía el cerro. Llegaban... Llegaban más pronto de lo que él pudo imaginarse. Echarían abajo su techo, le quitarían la tierra. Sin encontrar una defensa posible, acorralado como siempre, se puso pálido, con la boca semiabierta, con los ojos fijos, con la garganta anudada. ¡No! Le parecía absurdo que a él... Tendrían que tumbarle con hacha como a un árbol viejo del monte. Tendrían que arrastrarle con yunta de bueyes para arrancarle de la choza donde se amañó, donde vio nacer al guagua y morir a su Cunshi. ¡Imposible! ¡Mentira! No obstante, a lo largo de todos los chaquiñanes del cerro la trágica noticia levantaba un revuelo como de protestas taimadas, como de odio reprimido. Bajo un cielo inclemente y un vagar sin destino, los longos despojados se arremangaban el poncho en actitud de pelea, como si estuvieran borrachos, algo les hervía en la sangre, les ardía en los ojos, se les crispaba en los dedos y les crujía en los dientes como tostado de carajos. Las indias murmuraban cosas raras, se sonaban la nariz estrepitosamente y de cuando en cuando lanzaban un alarido en recuerdo de la realidad que vivían. Los pequeños lloraban. Quizás era más angustiosa y sorda la inquietud de los que esperaban la trágica visita. Los hombres entraban y salían de la choza, buscaban algo en los chiqueros, en los gallineros, en los pequeños sembrados, olfateaban por los rincones, se golpeaban el pecho con los puños --extraña aberración masoquista--, amenazaban a la impavidez del cielo con el coraje de un gruñido inconsciente. Las mujeres, junto al padre o al marido que podía defenderlas, planeaban y exigían cosas de un heroísmo absurdo. Los muchachos se armaban de palos y piedras que al final resultaban inútiles. Y todo en la ladera, con sus locos chaquiñanes, con sus colores vivos unos y desvaídos otros, parecía jadear como una mole enferma en el medio del valle. "