| Tony era un tipo curioso. Lo conocí en Boracay, donde tiene el Ocean Mist, un chiringuito-restaurante en el que prepara sabroso lechón asado y atrae a los turistas con sus "verdaderas y gruesas hamburguesas americanas", y que regenta a medias con su esposa filipina Nora. Él es americano, en sus cincuentaitantos, y lleva unos años en Filipinas -dos casado-, entre Manila y Boracay. Su visión de Filipinas era un tanto pesimista pero, al igual de otros muchos occidentales de mediana edad que conocí allí, había algo que le ataba al lugar. Su retrato de Manila no podía ser peor: "allí es un lugar peligroso para cualquier hombre blanco, empezando por la policía. Además, si conoces a alguien, tarde o temprano acabará pidiéndote dinero. A mí no me gusta, a mi mujer sí, pero yo estoy aquí mucho más tranquilo". Fui a dar un paseo con él por los chiringuitos playeros y comenzó a aleccionarme sobre las prostitutas ocasionales apostadas junto a la arena en la zona de masajes a la espera de algún extranjero solitario. Hablaba con ellas con naturalidad, discutiendo precios y servicios, aunque en realidad sólo lo hacía para mostrarme ese lado "oscuro" del turismo. El caso de Tony es paradigmático: muchos extranjeros de mediana edad o retirados en este u otros países pobres de Asia, reclaman que se les trate como "human beings" y no sólo como un acceso fácil al símbolo del dólar, pero al mismo tiempo son conscientes de que por su edad, físico, diferencias culturales y talentos naturales, no tienen nada que hacer entre gente mucho más joven; por eso no quieren volver a sus países, porque probablemente nadie les haría caso, ni siquiera con dólares. |