| En las grandes ciudades y donde abundan los turistas, los niños pobres, aunque todavía inmaduros e inocentes en muchos aspectos, se han convertido en pequeños profesionales de la amistad, expertos en el arte de sacar algunas monedas. En Zamboanga, como no hay turistas desde hace años por la amenaza terrorista, son mucho más tímidos y, a lo sumo, te siguen ilusionados por aparecer en alguna de tus fotos. Al día siguiente, le di a cada uno de ellos una colorida foto de otros viajes anteriores (siempre llevo conmigo algunas fotos para regalar), y la recibieron como un tesoro de valor incalculable. Hubo una cosa que me sorprendió: cuando le entregué la suya a una alegre niña de grandes ojos oscuros, insistió mucho en devolvérmela, a pesar de que yo hacía ademán de rechazarla. Pensando en estos niños, le hice un comentario a una profesora del Ateneo de Zamboanga sobre la aparente pobreza de muchos de ellos que andaban por las calles del centro de la ciudad, y me respondió que la comida es tan barata en Filipinas que nadie pasa hambre. Tal vez tuviera razón, pero no sólo de comida se alimenta el hombre. |