| Muchos filipinos disfrutan de la vida en las pequeñas cosas. En el malecón de Roxas Boulevard, durante el día y parte de la noche se ven familias paseándolo. La familia es una institución muy fuertemente arraigada en la cultura filipina, algo por otro lado normal en un país tadicionalmente católico. Varias generaciones siguen viviendo bajo el mismo techo, al igual que en la España de no hace muchos años. La lealtad a la familia es superior a cualquier otra cosa, así como la dependencia de ella, aunque se trate de la extendida (primos, tíos, abuelos). El padre Max en Zamboanga me contaba cómo muchos estudiantes se podían pagar las carreras gracias a parientes un poco más pudientes de la familia extendida. Muchos intelectuales filipinos se quejan de que precisamente ese es freno al desarrollo del país: que nadie piensa en la nación, estado, ciudad, bienes públicos como algo realmente suyo sino que la sensación de pertenencia se limita a la familia. Lo que ocurre es que si el estado no tiene medios para ciertas funciones sociales, hay que apoyarse en algo diferente. |