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El padre Maximino es de León, pertenece a la orden de los claretianos y lleva en Filipinas 40 años. Me explica que pasó 10 años en Basilang, donde los insurgentes islamistas, y donde secuestraron a varios sacerdotes, pero a él no le asustaba, y solía ir al monte sin más bodyguards (de no hablar español sino inglés y chabacano de vez en cuando se le escapan frases en inglés) que los árboles.
Es imposible no hacerse amigo de este hombre llano y sincero que habla de su labor misionera como lo que le hace feliz. Es consciente de los problemas de la ciudad: me cuenta que otras ciudades del entorno como Davao, Cagayan del Oro, e incluso Cebu, han avanzado mucho en los últimos años, pero Zamboanga, a pesar de sus riquezas pesqueras y su situación estratégica, no ha crecido tanto como hubiera podido, debido a la proximidad de Jolo y Basilang, focos integristas islámicos. Me aconseja ser prudente y visitar Manila en busca de mejores oportunidades.
Habla de la timidez innata del filipino pero, orgulloso, cuenta que hay muchos líderes entre ellos, sumando 17 distintas asociaciones en su parroquia, con distintos cometidos. Esta es una muestra del índice de religiosidad entre los filipinos y de la influencia política y social de la Iglesia en el país.
Sermón en Fuerte Pilar (Zamboanga, octubre 2006)