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Llegar a Boracay no es tan sencillo como puede parecer en un principio. El aeropuerto disponible más cercano está a dos horas de jeepney -hay otro más pequeño y cercano pero los vuelos se agotan con meses de antelación-; como Boracay es una isla, hay que llegar en barco, pero en Caticlán no hay ninguna construcción portuaria que permita acceder directamente a ellos, así que hay que usar estas pequeñas "pateras" para llegar a los ya más grandes y estables barcos. Si la transición entre patera y barco se hace después de las 6 de la tarde, en la oscuridad y con el mar un poco revuelto, el cocktail del caos ya está servido: mucha gente que quiere montar en las limitadas barquichuelas, niños llorando, gente asustada, abordar el barco grande casi en la oscuridad, en movimiento, con la sola ayuda de un experimentado brazo filipino pero sin un suelo estable donde pisar. Vamos, una escenita. Aquel día, a una mujer joven de Europa del Norte le dio un ataque de pánico al ver que sus hijos lloraban desconsolados en la tambaleante patera y tenían dificultades para pasar al barco grande.
Es emocionante, la verdad, aunque deberían organizar un poquito mejor la logística del principal destino turístico del país, sobre todo para evitar alguna tragedia que podría ocurrir.
El estrecho de Boracay (Caticlán, octubre 2006)