En todas las épocas ha habido un imperio que ha dominado una mayor o menor parte del mundo, al menos desde la Edad Moderna. En el XVI fue España, desde el XVIII Inglaterra, y en el siglo XX indiscutiblemente se trata de Estados Unidos. Al Imperio siempre se le atribuyen las culpas de los males y, por unos u otros motivos, acaba cayendo.
En todas las reuniones de movimientos alternativos frente a la globalización, contra el G-8, el FMI, etc., surge como responsable el presidente americano de turno: en este caso, George W. Bush. Los Estados Unidos son un país complejo con muchos intereses, pero sobre todo económicos y empresariales, como todos los demás, pero ahora nos encontramos con que la economía mundial está tan interrelacionada, que lo que pueda suceder a miles de kilómetros puede acabar afectando a las cuentas de resultados de muchas empresas y, por ende al PIB y al sueldo u oportunidades de los trabajadores de medio mundo, especialmente cuando se trata de petróleo, que es lo que mueve el mundo. El equilibrio regional político-estratégico de ciertas zonas ricas en el preciado líquido son la principal causa de la guerra de Irak y la de Afganistán. Estas han supuesto un experimento americano de la democracia estilo occidental en países cuasiasiáticos. De momento no ha funcionado. En esta manifestación se critica el uso indiscriminado de combustibles fósiles y consumismo salvaje que acabarán por destrozar atmófera y recursos naturales del planeta. De lo que nadie parece darse cuenta o criticar es del crecimiento desbocado de la producción y el consumo de algunas regiones hiperpobladas del planeta, como China o India. Un ejemplo: en USA hay 300 millones de personas; China tiene más de 1.300 millones; la India más de 1.000 millones. ¿En qué va a desembocar eso? |