ESPAÑA Y MARRUECOS
    La historia de España y Marruecos y las interacciones entre ambos países han variado a lo largo de los siglos, pero en muchos momentos históricos, incluyendo el presente, han llegado a estar muy relacionadas.
A partir del año 710 los árabes ocuparon gran parte de la península, desplazando a los reyes visigodos, que luchaban unos contra otros en los llamados “reinos de Taifas”. El pueblo, en algunos casos, prefirió al señor árabe, más benevolente que el discriminatorio visigodo, y muchos se pasaron a la fe musulmana, motivados por el prestigio político, social y económico que aquello les podía proporcionar. En esos siete siglos de dominación árabe hubo momentos de grandes fricciones entre las comunidades musulmana y cristiana, con persecuciones hacia los últimos en los ultra-religiosos reinados de los almohades, con Almanzor alcanzando el punto de mayor apogeo y poder a finales del siglo XII. A partir de ese momento, los reyes cristianos comenzarán a unirse y a expulsar al moro, poco a poco –la batalla de las Navas de Tolosa en 1212 constituiría el punto de inflexión fundamental-. Los reyes católicos, finalmente, hicieron de la expulsión de los árabes de Granada en 1492 uno de los estandartes de la unidad de España; la cuestión morisca continuó siendo un problema hasta 1609, cuando Felipe III declara su expulsión definitiva en el contexto de las guerras ultramarinas contra el turco, lo que constituiría un duro golpe a la economía española de aquel entonces –pues los expulsados suponían la principal mano de obra agrícola y artesana del país-, amén de la injusticia social que supuso, denunciada por Cervantes en
El Quijote.
La conquista de América no fue sino una continuación de las guerras de religión contra el
moro, pero ahora llevadas a ultramar con el objetivo de conseguir oro y evangelizar a los pobres indios. Los siglos siguientes vieron avanzar económicamente a España con el oro americano en el ámbito de la Europa cristiana, mientras que Marruecos permanecería ajena a los avances económicos y sociales que estaban surgiendo en el norte, hasta que a principios del siglo XX las potencias europeas, dentro del repartimiento del continente africano con fines colonialistas, se fijaron en Marruecos, que fue dividida entre España y Francia en forma de protectorados, quedando España con el norte del país, cuyas minas de carbón y metal explotó durante algunos años –mi abuelo trabajaría en una de ellas- y el Sahara Occidental, rico en petróleo y fosfatos. Muriéndose Franco, la Marcha Verde de Hassan II acabaría con la última posesión española en África –a parte de Ceuta, Melilla y la isla de Perejil- en 1975, dejando al pueblo saharaui a merced del ejército marroquí.
Hasta aquí un breve repaso a la historia entrecruzada de ambos países, necesaria para entender el origen histórico de los sentimientos encontrados que se profesan sendos pueblos.

     En la actualidad, a enero de 2007, hay más de medio millón de marroquíes viviendo en España, constituyendo el grupo de inmigrantes extranjeros más numeroso; y la cercanía de Marruecos, las políticas de agrupación familiar y el simple crecimiento vegetativo harán que esa cifra siga aumentando. Junto a los marroquíes, se encuentran comunidades de ecuatorianos, rumanos y resto de ciudadanos países del Este y Latinoamérica, que –con residencia ilegal o no- en sólo 10 años han hecho aumentar la población española en varios millones de personas.
Este aumento significativo de la población y el
cambio de cara de muchos barrios de las capitales, a pesar de haber contribuido a un necesario relanzamiento de la economía española, también ha creado problemas de adaptación de los recién llegados –cuyo porcentaje relacionado con el crimen es muy bajo, pero en comparación con el mismo porcentaje de los españoles, elevadísimo- y alarma social en los ciudadanos.

     En el caso de los marroquíes que viven en España, la mayoría trabajan en la agricultura o en la construcción, sector que ha tenido un
boom considerable en el último decenio y que se ha beneficiado de la ingente cantidad de nuevos trabajadores que hacen trabajos ya no deseados por los españoles. Al comienzo de la reciente oleada migratoria desde el sur hacia España –inevitable, puesto que su nivel de renta per cápita es diez veces menor que el nuestro-, a finales de los 90, un considerable número de menores marroquíes, llegaban a España con lo puesto, la mayoría de las veces sin redes sociales que los acogieran, y muchos de ellos acababan en la delincuencia en forma de pequeñas pandillas en el centro de las ciudades, robando con o sin violencia a españoles y turistas extranjeros. La sensación de impunidad de la que gozaron en esos primeros tiempos dichos delincuentes, inextraditables por su edad y por la falta de acuerdos con sus países de procedencia, provocaron las primeras críticas ciudadanas contra la inseguridad, rechazadas por políticos de izquierdas tachándolas de racistas, hasta que sucedieron hechos como los de Lavapiés, en Madrid, en el año 2000, cuando grupos de comerciantes chinos se armaron con hachas e hicieron una cacería para defenderse de los delincuentes que robaban en sus tiendas o que los confundían con los potentados japoneses y los asaltaban por las calles. El gobierno japonés llegó a aconsejar a sus ciudadanos no viajar a España debido a los frecuentes asaltos de estos jóvenes, muchos de ellos marroquíes, a los turistas japoneses, que suelen llevar encima cuando viajan mucho dinero en metálico, amén de sus valiosos pasaportes –valiosos porque cualquier asiático puede utilizarlos y se valoran en miles de euros-. Estos delitos, aunque cometido por una pequeña minoría dentro del conjunto de la comunidad marroquí, eran una realidad en la calle y aparecían una y otra vez en la prensa, creando mayor tensión social en las ya distantes relaciones entre los inmigrantes marroquíes y los españoles.

     La mayoría de los marroquíes que viven en España, al igual que el 98% de los que viven en su país de origen, son musulmanes; la inmensa mayoría de los españoles, a pesar de una supuesta Europa atea, son cristianos. En las encuestas a los ciudadanos españoles, aparte de la dichosa vivienda cuyos precios no paran de subir, los temas que más les preocupan son la inmigración y el terrorismo. Hasta 2003, éste último era un problema local, de los separatistas vascos, que se soportaba con mayor o menor estoicidad; pero a partir de marzo de ese año el integrismo musulmán se añadió a la lista de grupos terroristas con acción en España, y aquello afectó a la gente y a la percepción ya negativa que tenían de sus vecinos del sur.

     A pesar de que entre el cristianismo y el Islam no hay grandes diferencias de base (ambos aceptan a un Dios sobrenatural por encima de todos los humanos cuyas enseñanzas y deseo de hacer prosélitos vienen dados a partir de un libro –la Biblia o el Corán- supuestamente inspirado por ese mismo Dios), la forma de vivir dichas religiones sí varía, puesto que en el caso cristiano español, la Iglesia católica ha ido evolucionando –muy a su pesar- a medida que los sistemas políticos y las explicaciones científicas variaban, siendo situada por la sociedad en un evidente segundo plano, aunque aún con cierto poder de convocatoria apocalíptica, especialmente en la 3ª edad y en los recién llegados y devotos sudamericanos; en el Islam, a pesar de las diferencias entre países –y constituyendo Marruecos uno de los ejemplos de mayor libertad política y separación práctica poder-religión dentro del mundo árabe- parece que siguen esperando su Ilustración (a nosotros nos la robó temporalmente el idiota de Fernando VII) y su paso definitivo a la democracia. Aunque la verdad es que actualmente Marruecos no difiere mucho de la España de la dictadura franquista de hace apenas 40 ó 50 años, y parece estar esperando a dar el salto hacia el progreso económico, que es el que puede permitir una democracia estable; cuando en un país sólo hay pobres, la única forma de controlarlo es con mano dura y con la religión. Por lo demás nuestros dos reyes tampoco difieren mucho, aunque los negocios y la fortuna del africano son muy superiores a los del español, que tampoco es un muerto de hambre, como nos quiere hacer creer.

     Resumiendo todo lo anterior, cuando se mezclan problemas o cuestiones como:

        -
una inmigración descontrolada y planificada sólo a posteriori a medida que han ido surgiendo los problemas –sin que se valoren lo suficiente los logros económicos que ha producido o sin que esos logros hayan llegado al ciudadano de a pie, sino más bien a concejales de urbanismo-.
        -
el terrorismo islámico, que de ser una cosa ajena de sección internacional de telediario de noticias, ha pasado a integrarse en la realidad española.
        -
un idioma diferente, que hace la comunicación mucho más difícil; habrá que esperar hasta que las segundas generaciones aprendan el español.
        -
una cultura históricamente antagonista, con connotaciones sociales  negativas, aun cuando nos unan estilos de vida semejantes y nuestra cultura tenga un importante componente árabe-marroquí.
        -
Una cuestión territorial no resuelta –Ceuta y Melilla- así como un asunto que le provoca vergüenza histórica a España: el abandono del Sahara Occidental y del pueblo saharaui a su suerte, que durante años ha intentado reivindicar en la ONU y por las armas sus derechos a esa tierra, casualmente rica en petróleo.

     Las consecuencias son bastante predecibles. Recuerdo un curso de verano de la UNED en 2002, en San Lúcar de Barrameda, Cádiz, sobre la inmigración en España –y el curso no estaba precisamente en contra de ella-, cuando uno de los ponentes nos resumió en pocas palabras lo que piensan los españoles de los marroquíes y viceversa, aunque nunca se diga públicamente. En el primer caso: ladrones, mentirosos, fanáticos religiosos y sucios. En el segundo: racistas, cristianos intolerantes y nuevos ricos. Esa es la realidad. Y hechos recientes como el aumento la inmigración y el terrorismo islámico han incrementado la incidencia de tales opiniones. Mientras que la existencia de parejas mixtas de español/a y latinoamericano/a son cada vez más comunes, y acabarán suponiendo un sistema más de integración (como ha sucedido en Estados Unidos) para con esos grupos humanos, en el caso marroquí parece que la tendencia es la
guetificación absoluta –hay también muchos ejemplos de ello en América-. A mí juicio es un error: si no se mezclan las culturas de algún modo, en este caso la visitante dentro de la que la acoge, nunca dejará de haber problemas de integración. No se trata de una aculturación total pero sí de ceder una parte de la cultura de origen para poder encajar en la nueva, especialmente en asuntos tan controvertidos y sensibles a la opinión pública como las cuestiones de género.

Como viajero que ha estado tres veces en Marruecos y como madrileño que ha tenido algún contacto con marroquíes residentes en España, puedo decir que el marroquí que vive allí es muy distinto del que ya vive aquí, al igual que sucede con cualquier inmigrante de otra nacionalidad. En Marruecos, el trato al viajero es siempre acogedor, relajado –excepto los pesados guías de las medinas-; eres invitado a tomar té una vez sí, otra también, te surgen amigos, la mayoría sin mayor interés que el de conocer a alguien de otro país, especialmente europeo; en ciudades como Casablanca incluso se respira un cierto aire cosmopolita y moderno. En España, el marroquí es más moderno que el que vive en Marruecos, se ha adaptado en cierta forma a las costumbres de aquí, pero siempre está un poco alerta, distante, receloso, desconfiado del español; mantiene sus costumbres religiosas dependiendo sobre todo de su edad: cuanto más joven, más le interesa lo español y menos lo árabe.
Para mí está muy claro: en el fondo quiere ser un español más, como los demás; pero como la sociedad no se lo permite, se agarra a su esencia marroquí y se produce un efecto de endogamización que acaba creando el gueto. Es como cuando en la República Dominicana le pido bailar una bachata a una chica en una discoteca: está encantada de bailar con un español; en cualquier discoteca de Cuatro Caminos, Madrid, ya puedes preguntar a diez, que te van a mirar de arriba abajo marcando las distancias y te van a responder que no. ¿Son racistas? Sí, pero les hemos hecho racistas nosotros, al rechazarlos primero.

Ahora bien, ¿qué se puede hacer con la inmigración –también con la marroquí-, con la cantidad de gente que hay ahora en España de todos lados? A estas alturas, poner parches. Si se hubiera comenzado hace diez años hubiera sido todo mucho más fácil, comenzando por controlarla y que no se hubiera convertido en un coladero por tierra, mar y aire. Pero todavía hay
posibles soluciones, y todas pasan por fomentar la integración social, educativa y profesional, y por el control policial y dureza judicial para con los delincuentes –extradición inmediata incluida para los delitos menores-, para terminar con la sensación de que el crimen sale barato.
El gran error, a mi juicio, es la
guetificación. Si no se comienza a mezclar a los inmigrantes con el resto de la sociedad -básicamente en una amplitud de barrios y colegios, no sólo en determinados lugares que ya están generando enfrentamientos, como por ejemplo, Alcorcón, Usera y otros barrios del extrarradio de Madrid- nunca se adaptarán a nuestros valores y a nuestras leyes, que es lo que pretendemos. Y corremos el riesgo de que más y más bandas estilo Latin Kings se vayan apoderando de sus calles. Cerrar los ojos y esconder la cabeza debajo del suelo es lo que hacen los avestruces y los niños pequeños. Otra iniciativa es la promoción cultural de los puntos de contacto entre culturas –dejemos la religión fuera del saco; eso solo daría para otro ensayo-, no sólo por parte de los grupos de extremaizquierda sino por todos los poderes fácticos de la sociedad laica –si es que existe-, incluida la prensa de todo signo.
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