La inmensidad de la catedral de Méjico ha impresionado y sigue impresionando a los creyentes y dudantes desde los primeros tiempos de la colonia. El mensaje de la Iglesia es mostrar al humano cuán insignificante es frente al todopoderoso, pero aun así cuántas posibilidades tiene de salvarse si se somete al mismo. El caso de Méjico es interesante porque aunque tradicionalmente ha sido un país extremadamente católico -los villancicos de Sor Juana funcionaron- y lo sigue siendo, a lo largo de los siglos XIX y XX se produjo una laicización del estado, primero con las desamortizaciones de los bienes de la Iglesia y las leyes de Juárez, y luego con la instauración del PRI, el Partido Revolucionario Institucional. Aun así, la mayoría de la población es religiosa practicante, aunque con algunas notas de sincretismo, como la Virgen de Guadalupe, tan parecida a la diosa azteca Tonantzin, algunos cristos aindiados, mitos como el de la Llorona, atávicos exvotos, etc. Cuando los aztecas se instalaron en Tenochtitlán -la actual ciudad de Méjico- y comenzaron a someter a los pueblos circundantes, no eliminaron los dioses locales de los pueblos que conquistaban sino que los integraban en su propia cosmogonía de raíces olmecas. Sin embargo, los cristianos, con su monoteísmo tripersonal, destrozaron templos, imágenes y cultos, considerados demoníacos, y sumergieron a los indígenas en el catolicismo de la época, cumpliendo con la obsesión evangelizadora de la Conquista, y asegurándose el acatamiento moral y religioso que los aztecas nunca obtuvieron de otros pueblos del actual Méjico. Lo paradójico es que ahora que Europa se está volviendo laica y atea, es Méjico y toda Latinoamérica la que mantiene más fielmente la fe católica.
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