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Aunque Puebla es la segunda ciudad más grande de Méjico, pasear por sus calles y sus avenidas repletas de comercios y gente, da sensación de pueblo. Puede que sean las casas bajas y los edificios coloniales  los que mantienen la ciudad así. La noche que llegué, aunque era un día de entre semana, había distintas celebraciones religiosas -hacía sólo unos días que había pasado la Navidad- y en el zócalo un coro de jóvenes cantaba. Me dediqué a pasear y, aparte de algunos mejicanos homosexuales -aunque el prototipo del mejicano es el macho a lo Jorge Negrete, Pedro Infante o Pancho Villa, los gays no brillan precisamente por su ausencia- echándome miraditas, no vi gran cosa, pero me dirigí a una zona de bares cercana, donde comprobé que Puebla es, entre otras, realmente una ciudad universitaria. La gente de Puebla tiene fama de conservadora -frente a los del D.F.- y de tradicionales y religiosos. También, fue una ciudad que permaneció fiel a los realistas cuando los inicios de la Independencia. En otras partes de  Méjico, como Veracruz, se les considera unos fresas, el equivalente español a niños pijos.