| AVENTURAS DE UN GASHEGO EN EL CAMINO INCA
1º DIA Cruzamos el puente sobre el río Urubamba y da comienzo nuestra aventura. Acierto a notar cierta agitación en todos los miembros del grupo, como cuando comienza un viaje y la incertidumbre se hace dueña de la situación, a pesar de las indicaciones de Miguel, nuestro guía. Mentalmente reviso mis pertenencias, todo en orden. Me relajo y disfruto del camino, fácil al principio, llano. Caminamos en fila india, por parejas, que van alterándose a medida que avanza la marcha y permitiendo que nos conozcamos todos. Es un grupo heterogéneo, al menos en lo que a nacionalidades se refiere. Yo soy el único español. Hay un italiano, Dávide, de 34 años, calvo, con la piel tostada por los viajes y una actitud muy tranquila y positiva; dos franceses, Piere y Lorice, de Niza, más jóvenes, de unos ventitantos; otros dos franceses, Emmanuel y Boris, el primero residente en Barcelona y alegre, y el segundo asistente social en Narbona; Patrick, un sueco que vive en Nueva York; Della y James, de Seattle, ella profesora de Historia en un Instituto y él ex-marino mercante en Alaska, jóvenes también; Carlos y Hernán, administradores en Lima, de 24, que serán inmediatamente apodados como The Lima Boys, pensando ir a España a hacer un Máster del Instituto de Empresa; un matrimonio joven de simpáticos australianos y otro de alemanes, algo más distantes; y finalmente Tane, neozelandés, personaje imprescindible en todo tipo de viaje, divertido y conversador. En fin, 16 personas en busca de algunas emociones que llenen sus vidas, que diga, nuestras vidas. También está Miguel, nuestro guía, dedicado y eficiente, estudioso de la cultura quechua hasta el punto de sobrepasar los ortodoxos métodos académicos de investigación; Victoria, la guía ayudante, que se erigirá en ángel de la guardia de los Lima Boys; y 9 porteadores –incluyendo al cocinero-, que transportarán estoicamente tiendas y comida. A medida que avanzamos, se divisan a lo lejos las cumbres nevadas de una cordillera y el blanco de su lejanía contrasta con las oscuras montañas que la bordean, que se yerguen majestuosas ante nosotros. Para el inca, la montaña supone el elemento físico de una entidad superior. –No es una cosa material, muerta –nos explica Miguel- tiene vida, forma parte de Pachamama, la Madre Tierra-. También nos habla de la sociedad inca, tal vez de una forma excesivamente idealizada debido a su apasionamiento, y de su concepción del hombre como algo temporal, que está en esta vida de paso, de prestado; de ahí el sinsentido de acumular cosas materiales. Oyéndole, me parece escuchar a un sabio budista hablar de karma, nirvana y armonía. Llegamos a las ruinas de Llactapata. Desde lo alto de un cerro, divisamos los tres elementos característicos de la arquitectura quechua: la piedra, utilizada para sostener las terrazas de cultivo y como materia prima de los edificios; los canales de agua, que comunican las cumbres nevadas con el complejo y lo proveen de agua; y el templo, en su forma circular, que sirve de comunicación entre el mundo material humano y el espiritual de los dioses por medio de los ritos, considerados medios de comunicación. Tomamos las primeras fotos, que nos inmortalizarán en la memoria de nuestros nietos y nos ayudarán a recordar una idílica e instantánea versión de los hechos, y continuamos nuestro camino. Ha habido algunas ligeras subidas en el trayecto, pero mis botas nuevas se están portando, y mis piernas también. Me siento libre caminando por las montañas, sintiendo el aire frío en la cara, un sol que quema, alternándose con nubes que te hacen tiritar, lejos del ruido y el ajetreo de la ciudad, sin carros, sin edificios, sólo el crujir de las hojas secas bajo nuestros pies a medida que avanzamos. Llegamos a un primer alto en el camino. Todavía hace sol y nos tumbamos en la hierba para degustar nuestro almuerzo, que nos parecerá delicioso pero que se convertirá en una obsesión repetitiva de todos los días de nuestro viaje: sopa de quinua –cereal que ya cultivaban en la zona los pueblos pre-incas-, arroz con verdura y un pequeño guiso de una substancia difícil de establecer. Todo ello coronado con el inseparable compañero de viaje, el digestivo mate de coca. A mitad de almuerzo, Tane, que resulta ser actor en Nueva Zelandia –como él la llama-, y se dedica profesionalmente a los espectáculos de danza, nos sorprende con una exhibición de danza guerrera zahorí. Todas las personas que allí nos encontramos, incluidos guías y porteadores, quedamos obnubilados por la habilidad y fiereza del joven kiwi –así es como llaman a los neozelandeses-, que recibe una cálida ovación de todos los presentes. El resto del camino es casi todo subida, pero logramos coronar el campamento de Wuayllabamba, a 3.100 metros de altura, sin demasiada dificultad. Bueno, casi todos; Carlos y Hernán, los Lima Boys, poco acostumbrados al ejercicio físico y ciertamente excedidos en el peso de sus mochilas, llegarán dos horas más tarde, ya de noche, acompañados por su inseparable Victoria. El campamento está formado por cuatro o cinco casas rústicas donde viven algunos naturales, y cuatro explanadas para instalar tiendas y acampar. Me entretengo con los niños de la mínima aldea y juego con ellos a dibujarlos en mi cuaderno. Una de las cosas más bonitas de aquí son los niños cuzqueños y de los alrededores. Apenas les prestas un poco de atención y los involucras en algún juego, se vuelcan hacia ti con un cariño desbordante. Es como si sus mayores apenas les hicieran caso y buscasen contacto social y emocional en cualquier otra persona. Se ha hecho de noche de repente y necesitamos las linternas para movernos por el campamento. Menos mal que compré una en Lima por cuatro soles. Los mosquitos nos acompañan durante la cena y me rocío todo el cuerpo con repelente. Alrededor de unas velas, comentamos las incidencias del día, y hablamos de cine y nuestros viajes. Satisfechos por terminar con éxito nuestro primer día –aunque sólo eran 10 km. de los 45 de que consta el Camino y nos llevó 5 horas recorrerlos-, nos retiramos a dormir a las 9 de la noche. Yo estoy instalado en la tienda con Dávide, el italiano y, poco habituado a dormir dentro de un saco en tan reducidas dimensiones, no paro de dar vueltas a un lado y al otro. Por fin consigo conciliar el sueño, hasta que noto algo del tamaño de un pulgar mordiéndome en el brazo. Inmediatamente me lo quito de encima lanzándolo hacia mi compañero y grito angustiado buscando la linterna, al tiempo que el extraño bicho –un carnívoro escarabajo con alas, como apreciaríamos después- emitía extraños sonidos con las alas. Una vez con luz, entre risas y expresiones de asco, le damos muerte y lo expulsamos de nuestra pequeña morada. Vuelvo a echarme repelente para insectos, esta vez una ración más generosa, y consigo dormirme acunado por una regresión onírica de sueños familiares. 2º DIA Son las seis de la mañana y los porteadores tocan en nuestras tiendas. Se ha pasado toda la noche lloviendo y el suelo está muy húmedo pero ya ha amanecido y el sol luce radiante en el horizonte. Una densa neblina hace acto de presencia y amenaza con acompañarnos durante todo el día. Y así es. Hoy nos espera, según la teoría, el día más duro. Deberemos escalar el paso más alto del Camino. el Warmiwañusca, a 4.200 metros, llamado Paso de la Mujer Muerta por alguna razón que no llegaré a averiguar. El camino se inicia con una subida de cierta pendiente que serpentea una y otra vez hasta perderse por el otro lado de la montaña. El olor a eucaliptos, el rumor de las aguas de los arroyos y la visión de las inmensas montañas coronadas por nubes lejanas, anestesia nuestro cansancio. Eso y las hojas de coca mezcladas con lifta que veníamos chachando – mascando. La coca, para el indio, lo significa todo en su vida y su cultura. Una porción de aproximadamente 7 hojas de coca junto con un poquito de esa substancia dura y oscura llamada lifta –activador de los alcaloides de la hoja- elimina el hambre, la sed, el mal de altura, y produce una sensación de mayor oxigenación y resistencia al cansancio. También la hoja de coca es un formidable digestivo en su modalidad de mate de coca. Pero, sobre todo, es un medio de comunicación con ese otro mundo sobrenatural que tanto obsesiona al supersticioso indio. Éste, después de realizar alguna pregunta a los jircas –dioses- prepara una catipa de hojas de coca para mascar, cuyo sabor le hablará dándole las respuestas: si sabe amarga, malos augurios; si dulce, satisfacciones a sus preguntas. De este modo adora el indio a la hoja de coca, como a su propia cultura. Los incas llegaron a tener conocimiento de hasta 60 plantas alucinógenas –los aztecas de Mejico conocían 80 variedades-, entre las que encontramos por el camino el floripondio, una de ellas. Para plantar la coca, sin embargo, se debe realizar a una altura de menos de 800 metros, donde el suelo es más rico en minerales. Motivado por el alcaloide mientras subimos una dura pendiente formada por escalones interminables de piedra, le pregunto a Tane por Buenos Aires. - ¡Ah! ¡Sí! Yo estuve, ¿estuve? Sí. Yo estuve dos meses con mi compañía de teatro allá. Muy bueno. Sí. Si tú vas allá, debes intentar vivir en La Boca. ¿Cuánto tiempo vas a estar en Buenos Aires? - Más o menos, tengo pensado unas dos semanas- le contesto. - ¡Ah! ¡Excelente! ¡Perfecto! Dos semanas muy bueno. Puedes ver muchas cosas interesantes allá. Como la pendiente se hace más empinada, dejamos de hablar para ahorrar fuerzas. Ahora el cansancio y la falta de oxígeno comienzan a hacer mella en nuestros cuerpos. Sobrepaso a Gloria, una simpática vizcaína que, ya en el campamento, me presentará a una pareja de brasileiros. Edgar y Daniela: -Quando chegar a Sao Paulo, liga para a gente- me dirán con la típica amabilidad paulista. - Com certeza- responderé recordando tan buenos tiempos no tan lejanos. Hacemos un alto en el camino en Llullucha Pampa. Es la base de un amplio valle por el que corre un viento endemoniado, y desde allí comenzamos una nueva subida con algo más de abrigo y el poncho de plástico, pues ha comenzado a lloviznar. Me coloco el gorro inca en la cabeza y mastico otras 7 hojas de coca con la correspondiente porción de lifta que me presta Boris, el francés de Carbona que se parece a Kurt Russel. Por fin exhaustos y con las camisetas empapadas en sudor, llegamos a Warmiwañusca, 4.200 metros de montaña que antes se erguía ante nosotros, orgullosa, y ahora yace bajo nuestro pies, humillada. El descenso hasta el campamento de Pacaymayo, a 3.500 metros, dura casi una hora y media, con un viento gélido que corta la cara. No me he cambiado la camiseta llena de sudor porque las tengo contadas y ahora estoy sufriendo un enfriamiento en el cuerpo. Los escalones se suceden sin fin para castigo de rodillas lesionadas de gran parte de los integrantes del grupo. –Piere, avez attention avec la pierre- bromeo con el francés, que sólo consigue bajar los escalones adoptando posturas imposibles con una pierna rígida por una dolencia de rodilla. Es alto, delgado, rubio, algo callado y trabaja en diseño tridimensional por ordenador. Su amigo Lorice, de rasgos más latinos, estudia Historia y una vez que me ha cogido confianza, pasa el tiempo gastándome bromas. – Piere, avant que le cock a chanté trois fois, vous m'aviez renié trois fois- continúo exhortándole al francés para hacerle olvidar el sufrimiento de su bajada. También hago buenas migas con Della, de Seattle, que me cuenta algunas anécdotas de sus alumnas de secundaria. Por fin llegamos a Pacaymayo, a 3.800 metros de altura. Es muy temprano, las 2 de la tarde, y dispondremos del resto del día para relajarnos. El campamento es una pequeña explanada bordeada por un arroyuelo y resguardada por altas montañas. Dos casas de madera y piedra más otra que hace las veces de baño, componen el paisaje. Los sempiternos porteadores aún están montando las tiendas, así que nos tocará esperar un poco hasta probar la crema de patata, la verdura y las lentejas guisadas que nos esperan. Vida dura la de los porteadores. Son un grupo con una media de edad de 22 años –aunque hay uno bajito y fuerte al que llaman Papá, de 34- y llegan a transportar hasta 30 kg. de peso, aunque el control del comienzo teóricamente, les limita a 20 kg. Mi mochila, la más ligera e inteligente del grupo, sólo pesa 7 kilos, incluyendo saco y aislante. De ahí, consejo para el Camino, marcha ligero de equipaje, aunque te falten camisetas. Antes de la cena, me siento con Reinaldo, porteador y ayudante de cocina ocasional y, después de registrar su voz en mi grabadora-diario-de-viaje, recibo mi primera clase de quechua, una relación de frases de supervivencia al estilo de los diccionarios de "Aprenda chino en 7 días": Imasutiki : ¿Cómo te llamas? Jaika Wateiki: ¿Cuántos años tienes? Suilpaiko: Gracias Munaichaincauki warmicha: bonita eres, mujer Munakuiki: Te quiero Me animo a lavarme la cabeza después de dos días. El agua helada casi me congela el pelo y la barba pero lo agradezco. Comienzan a aparecer los primeros incidentes del viaje: Tane ha sufrido ataque de diarrea -¿será la venganza de Atahualpa?- y está en su tienda recuperándose. Por otro lado, han pasado ya tres horas y todavía no se sabe nada de los Lima Boys. Un rato más tarde llegan, exhaustos y con las caras desencajadas. Hernán se duele de una rodilla y Miguel le prepara un remedio quechua con agua caliente y hierbas. Otros miembros del grupo se interesan y le ofrecen aspirinas y antiinflamatorios. Un sentimiento de solidaridad comienza a surgir entre nosotros. 3º DIA El descenso desde los 3.800 hasta los 2.400 metros de Wiñawayna a lo largo de 14 kilómetros se convierte en un verdadero infierno. Los más de 2.000 irregulares escalones de piedras son un tormento para lo que quedaba de nuestras rótulas y meniscos del día anterior, aunque ahora sí que es el verdadero camino que utilizaban los incas para llegar al Machu Pichu. Está lloviendo fuerte y mi poncho de plástico apenas cubre la mochila y el saco de dormir. Afortunadamente, Gloria, la vasca, tiene uno de sobra y me lo presta; es amarillo y mucho más alegre. Pasamos un túnel excavado en la roca de 16 metros de longitud y llegamos a las ruinas de Sayacmarca, donde llegaron a vivir 5 familias y que suponía un punto de descanso para los chaskis –mensajeros del imperio inca-, y también para nosotros. Estamos llegando al final del camino. Hemos pasado del clima frío de la montaña a selva alta en apenas unas horas. Estoy cansado y los mosquitos me molestan pero sigo descendiendo. Apenas noto las piernas y, de vez en cuando, la falta de atención me hace resbalar y casi caer por empinados precipicios cubiertos por densa vegetación. Lorice me avisa preocupado, -Attention, Daniel, attention!, Intento dominar la situación, sobre todo ahora que divisamos nuestro último campamento, Wiñawayna. Son unas casas de colores vivos pero la llegada hasta él se hace interminable. Los porteadores hace rato que nos pasaron bajando los escalones de dos en dos a una velocidad increíble. Ya estarán montando las tiendas –pienso para mis adentros. Lo cierto es que el carácter del indio es admirable: es prudente, con actitud sufrida, gusta de las montañas y de la vida natural, es supersticioso, cauteloso y sumiso, de mirada esquiva y disimulada, pero cuando se le acaba la paciencia –como dice López Albújar en sus "Cuentos Andinos"- embiste, muerde y despedaza. La organización social del Imperio del Tihuantinsuyo estaba basada en la sumisión de estas gentes al Inca, que era hijo del Sol –de hecho, la blasfemia contra cualquiera de los dos se castigaba con la muerte- y a la pomposidad de sus templos y ritos. Era un despotismo paternal basado en el derecho de la fuerza y el derecho divino, un insaciable espíritu de conquista y el orgullo de una raza superior; pero con el consiguiente bienestar público de sus súbditos, que no es poco. El Inca, por tradición, sólo se casaba con su hermana –la coya- aunque tenía otras muchas concubinas, escogidas entre las más bonitas del reino, y su servidumbre estaba compuesta por más de 8.000 personas: un semidiós que vivía como tal en una sociedad con unas clases sociales muy marcadas e inmóviles. Ahora sí que se me han acabado las camisetas y la que tengo puesta está empapada. Pregunto a unos y otros hasta que Tane –ya recuperado de su mal de estómago- me presta una de las suyas. –You are my favorite actor! – exclamo emocionado. Todos reímos y nos dirigimos al restaurante -ya no volveremos a comer a la intemperie- para degustar por primera vez en tres días algo consistente, un par de alitas de pollo con arroz y darnos una ducha caliente por cinco soles. La gente toma cervezas y hasta hay música para bailar. El ánimo, ahora que estamos a punto de terminar, es muy bueno, y reunimos a los porteadores para, después de un pequeño discurso de agradecimiento, darles un propina que les supondrá la mitad de sus pequeños emolumentos. 4º DIA El cuarto y último día nos despiertan a las cuatro de la mañana. Llueve a cántaros pero salimos a desayunar y enseguida emprendemos la marcha hacia nuestro destino final, cada vez más cercano. Por el camino converso con una chica holandesa, tan guapa como insípida y, apenas sin darme cuenta, hemos llegado a Intipunku, la Puerta del Sol, desde donde, en teoría, se divisa todo el Machu Pichu. Y digo en teoría porque la densa niebla y la lluvia apenas nos permiten ver más allá de 10 ó 20 metros. La desilusión de la gente se hace manifiesta con bromas del estilo de: -Que nos devuelvan el dinero- o –Hagan que salga el sol-. Un israelí no para de decir: -Fuck, fuck!-. Pobres diablos –pienso- no se dan cuenta de que lo importante en un viaje como éste no es el destino en sí sino el camino, el camino, como decía Sal –Kerouak- Paradise. Afortunadamente, dos horas más tarde, la niebla se desvanece, y quedamos literalmente alucinados por la ciudad de ensueño que aparece ante nuestros ojos. Enormes construcciones de piedra con terrazas perfectamente diseñadas y edificios con formas geométricas, rodeados por los picos de Machu Pichu –montaña vieja, en quechua- y Wayna Pichu –montaña joven. Paseamos por diversas estancias, que se utilizaban –siempre empleando la luz de su adorado sol o su sombra a través de pequeñas ventanas o piedras- con fines astronómicos, de calendario para el cultivo o adoratorios. Para los incas, el 21 de junio daba comienzo el nuevo año, y ese mismo día, la luz del sol se proyectaba exactamente a través de un pequeño hueco en uno de los muros de uno de los templos semicirculares sobre una gran piedra ritual. En otra de las salas, agujeros en las paredes potenciaban los sonidos que allá se emitían, produciendo un formidable efecto acústico que conseguía concentrar la energía de los sacerdotes. Para concentrar la energía, también existía una inmensa mole de piedra en forma de pirámide en otra de las localizaciones que debió tener gran importancia ritual. Otras formas creadas a partir de las sombras que produce el sol sobre las rocas incluían el cóndor –símbolo quechua del aire-, el puma –símbolo de la tierra- y la serpiente –del mundo subterráneo-, cada uno con su respectivo templo. Todo ello distribuido en diferentes sectores –creados por "arquitectos", "ingenieros" y "astrónomos" de la época- y complementados por amplias terrazas de cultivo, que al mismo tiempo protegen y han protegido durante siglos tamaña construcción de la erosión de las fuerzas naturales. Ya libre del yugo del grupo, camino en solitario por las grandes explanadas verdes saboreando el misticismo del lugar y trato de imaginar cómo debió ser la vida en los tiempos en que esa ciudad se erigía en centro del Imperio Inca, junto a Cuzco. Una vez afuera me uno a Piere y Lorice para dirigirnos a Aguas Calientes, un acogedor pueblecito en las faldas de las montañas. Allí difrutaremos de unas cusqueñas –cervezas autóctonas- en las placenteras aguas termales del lugar, un merecido descanso a nuestros esfuerzos de estos días inolvidables. FIN |