Es difícil que alguien que haya estado en el desierto, pueda olvidar el tacto de su arena. Cuando los poetas la comparan con seda dorada, no se trata de metáforas sino de una realidad. Mi amigo catalán -a quien conocí el día anterior, ya de noche, por las calles de Douz en busca de hotel- y yo nos levantamos a las 4 de la mañana para internarnos bien temprano en el desierto. Un joven guía nos esperaba en el extremo de la ciudad -"La puerta del desierto"- junto con los camellos. Anduvimos unas horas por entre las dunas hasta que a las 10 de la mañana el sol era tan fuerte, que tuvimos que volver a Douz. Por la noche, paseamos por el pueblo, charlando con la gente y tomando té, y mi amigo conoció a un bello abisinio, como él lo llamaba, de ojos pintados, con el que se perdió por ahí mientras yo me quedaba con dos tímidas pero sorprendentemente valientes japonesas que viajaban solas por el país. |