El mate para los uruguayos es como una religión. Todo el mundo, es decir, todo el mundo en Uruguay, toma mate. Es sorprendente ir por la mañana en un colectivo -autobús- y comprobar que el 80 % de la gente lleva consigo su matera (funda de cuero), donde guarda el termo, la calabaza -hecha con el fruto del mate- y la bombilla -pajita, que puede llegar a ser de oro y plata, con la que se sorbe el mate-.
  Para tomar mate hay que estar relajado. Se toma en medio de una tertulia amigable después de comer, o antes, o en cualquier momento -en las empresas han llegado a prohibirlo-. Se pasa de uno a otro, se rellena de agua caliente y se sorbe haciendo ruido. Si alguien tarda mucho en pasarlo se le recrimina: "¿Le estás enseñando a hablar?" o "¡Que no es un micrófono!". Si al devolverlo dices "Gracias", significa que ya no quieres más. Tiene un agradable sabor amargo, es estimulante, hace que se te pase el hambre e invita a la conversación.
En definitiva, toda una filosofía de vida.


Margarita y Silvia son mis
ciceronas de Montevideo. En mi línea de "oro por baratijas", he decidido incluirlas en mi primera foto uruguaya. Nos conocimos en el Amazonas brasileiro, en una isla muy auténtica llamada Marajó.
   En la foto estamos en el Mercado del Puerto, degustando un asado de tira, pulpa y vacío, junto con unas menudencias -chinchulines-, mojado por Roldós -vino asidrado- y Tanat -vino muy pesado pero rico, rico-. Los sábados y los domingos en este mercado todos los jóvenes de la ciudad van allí a comer y a beber, y se montan buenas juergas.
Placer amargo (Montevideo, enero 2002)
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Carne y amistad (Montevideo, enero 2002)