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| Ana y Ms. Fernández junto al río (Beaufort, SC, septiembre 2002) |
| ¿Qué hacen un par de españolas de buen ver un septiembre veraniego en Beaufort, un pueblo de Carolina del sur, tan bonito como aburrido? Lo cierto es que son profesoras, una de español y la otra de ESOL (English for Speakers of Other Languages) -ésta última mi mentora y compañera de anécdotas en mi atribulado colegio-, y los fines de semana los aprovechan para pasearse por los alrededores o visitar coffe-shops y discotecas salseras en Savannah. El programa de cooperación del Ministerio de Educación de España con muchos estados de este país norteamericano envía todos los años cientos de incautos profesores a las zonas más recónditas de Norteamérica: yo ya conocí, aparte de los profesores de las Carolinas, gente de Chicago, Nueva York, California, Tennessee, e incluso Utah, donde los mormones. En general la experiencia es buena y catapulta profesionalmente a todos los que la prueban, aunque puede llegar a resultar estresante o incluso peligrosa (en algunos lugares, los alumnos de español, aparte de irrespetuosos pueden llegar a ser agresivos, aunque no es lo común; por si acaso, no les digas dónde vives). Aquí es donde la diferencia cultural hace su aparición, aunque se puede extender a todos los contextos educativos, incluso el universitario: en América, el estudiante tiene derecho a discrepar del profesor, y lo hace abiertamente y a menudo. Si a eso le sumas un profesor sin un carácter fuerte, tenemos lo que yo veía de vez en cuando en mi escuela: estudiantes y sus padres amenazando con denunciar al profesor por cualquier cosa. |