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| Siempre que llega la noche de Halloween (el equivalente americano al Día de los muertos americano), el 30 de onviembre, todo el mundo se busca un disfraz de lo que sea -los más originales son los hechos a mano- y sale por la noche a mostrar el palmito en los bares.
Antes, durante el día, muchos se habrán paseado por la universidad en sus extraños pero llamativos atuendos, profesores incluidos (mea culpa), para sorpresa de los más reservados. Aquí Caperucita y Castro hacen una curiosa pareja con un samurai japonés que fuma puros. No se me ocurre ninguna posible asociación mental. Bueno, sí: Caperucita representa la pureza, la inocencia del pueblo cubano que camina bailando y cantando por el bosque de la historia y que cuando se encamina a la ansiada casa de su abuelita la democracia, el marxista-leninista lobo Fidel Castro se hace pasar por ella, primero la seduce, y después intenta devorarla, matándola de hambre y de falta de libertad, hasta que aparece un tercero en escena, la economía de mercado en forma de turístico samurai, que le quita el puro a Castro, se lo carga con su katana y se larga con Caperucita. Robert Castro y Caperucita Lizet son dos grandes amigos míos de Fayetteville: el primero un curioso expredicador renegado medio gringo medio peruano, con el que pasé las clases más divertidas de mi vida en Teatro Latinoamericano del Siglo XX, y Lizet, cantante de un grupo de música latina y empleada por Wal-Mart, donde también trabajo su barbudo marido hasta que descubrió que vendiendo hipotecas ganaba 3 veces más trabajando menos horas. |
| ¡Qué ojos tan grandes tienes! (Fayetteville, noviembre 2005) |