Cuando me gradué en España, lo único que ocurrió es que llegó el verano y empecé a buscar trabajo en un banco. En Estados Unidos, la graduación es algo casi religioso, toda una conmemoración simbólica de tu entrada real en la sociedad como ciudadano de primera clase. Comparando con España, donde hay más parados licenciados universitarios y con menores sueldos que simples mecánicos o fontaneros -sin ánimo de menospreciar tan necesarias profesiones-, en América, el título te va a reportar muchos más miles de dólares, aunque sólo te dediques a las ventas de seguros -sin ánimo de menospreciar...- o a lo que sea. En este país hay pleno empleo para los titulados, especialmente para los que se dedican a las profesiones liberales, como médicos, abogados, economistas, profesores, etc. La parafernalia de la graduación es divertida y las familias acuden al evento como si de una boda se tratase. Los padres probablemente celebran una nueva separación de sus hijos -la primera tuvo lugar al comenzar éstos sus estudios-, porque la movilidad geográfica laboral es la clave de la vitalidad del mercado de trabajo americano: mientras que la inmensa mayoría de los españoles permanecen en sus ciudades de origen para trabajar, los americanos van de un lugar a otro llevándo a cuestas sus vidas y sus nuevas familias: son las reminiscencias del espíritu pionero fundacional del país, ahora asumido en forma de competitividad. |