Al sur del parque Forsyth hay un monumento conmemorativo a la guerra hispano-americana de 1898, en la que por motivos económicos relacionados con el azúcar que se producía en Cuba, con la excusa de una explosión posiblemente accidental o provocada por ellos mismos en el acorazado Maine, Estados Unidos comenzó una guerra con España que acabaría dejándola sin sus últimas posesiones de ultramar: Cuba, Filipinas y Puerto Rico. Para añadir un elemento humano a la estatua, utilicé a David, a quien ocasionalmente me encontraba por el parque, siempre con un libro entre las manos. Escocés, profesor de Historia del Arte en SCAD (Savanah College of Arts and Design), era un hombre relativamente joven, con modales exquisitos y de una sensibilida extrema. Agradecía la vida que llevaba en Savannah y que le había proporcionado este país (de las oportunidades), aunque en ocasiones se quejase de la actitud arrogante de sus estudiantes americanos, la mayoría, niños ricos con vena artística. De vez en cuando daba alguna fiesta en su casa e invitaba a artistas, profesores, alumnos rebotados, escritores, y nos obsequiaba con música clásica, quesos y vinos franceses, pero sin esnobismo, con absoluta naturalidad. |