A Dios no le gusta la cerveza (Savannah, Ga, febrero 2003)
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Estados Unidos es un país fundamentalmente religioso, tanto en la forma como en el fondo, a pesar de la separación entre Iglesia y estado. A veces yo le comentaba a mis amigos americanos que ningún presidente europeo, independientemente de su alineación política y sus creencias personales, se atrevería a salir en la televisión siquiera mencionando a Dios, como hace Bush muy a menudo.
Desde sus inicios como territorio colonizado por ingleses -los pioneros del Mayflower eran puritanos, religiosos radicales expulsados de la Iglesia anglicana más moderada-, hasta su constitución como estado independiente de tipo federalista, se han invocado las razones morales de tipo religioso como motor de sus actuaciones políticas y de su propia existencia.
En la actualidad, cuando Europa -salvo por la oleada reciente de musulmanes inmigrantes- se ha vuelto prácticamente atea en la tradición de una filosofía laica proveniente de las Luces del XVIII, Estados Unidos vive todavía en el apasionamiento más atávico por la religión. No todo Estados Unidos, no se debe genralizar. De hecho, hay una gran parte de la población culta en las costas este y oeste que o reniega de ella, o la deja en un lugar marginal respecto a su vida, cosa que hacen muchos europeos.
Pero también están los fanáticos -con perdón-, los que construyen su vida alrededor de eso: los que visitan sus iglesias evangélicas, baptistas, metodistas, de Testigos de Jehová, etc. (los católicos son hoy en día un poco más reservados en cuanto a esas expresiones pública de éctasis religioso, pero en definitiva son más de lo mismo) a diario, y gritan aleluyas y se sienten poseídos por Dios igual que los participantes en el
candomblé brasileño son poseídos por sus orixás. El hecho es que todo eso existe e incluso está proliferando como hongos, aprovechándose de la ignorancia y los problemas económicos y emocionales de muchos.
A los más extremistas de entre los fanáticos les gusta aparecer en los eventos festivos y nocturnos -como el
Saint Patrick's Day savaniano- con pancartas que recuerdan el pecado y atacan cualquier tipo de hedonismo. Por supuesto, con ello sólo consiguen que los presentes se den cuenta de las tonterías que dicen y se burlen de ellos, aunque en los cristianos moderados deben producir un efecto paradójico porque tal vez les hagan verse a sí mismos en un espejo.